6. Intruso


El ruido de un coche me sacó de mis cavilaciones apenas una hora después de haber entrado en territorio restringido. Durante un breve instante, debatí conmigo mismo la conveniencia de esconderme o de continuar a la vista, para hacerme encontradizo.

Me decanté por la segunda opción.

Cuando el coche se acercó (era un cuatro por cuatro de color oscuro), girando en una curva allá donde terminaba el trecho hasta el que alcanzaba la vista, me puse en medio de la carretera y empecé a hacer señas.

Sorprendentemente, mi presencia no pareció coger desprevenidos a los ocupantes. El coche no hizo ninguna trazada extraña y condujo con seguridad hasta donde yo me encontraba. Se detuvo, sin apagar el motor, y un par de hombres descendieron a través de las puertas delanteras, acercándose hacia mí.

Sólo cuando se hubieron acercado lo suficiente y la luz de los faros del coche le iluminó, pude comprobar que me estaban apuntando con lo que parecían ser un par de escopetas.

-¡Al suelo! –gritó entonces uno de ellos.

El recibimiento, que no era para nada el que había previsto, me cogió tan de sorpresa que en un primer momento no supo cómo reaccionar. Levanté ligeramente las manos y abrí la boca, sin saber muy bien qué decir. Los faros de vehículo me cegaban y apenas podía distinguir las facciones de las dos personas que se hallaban ante mí y que ahora eran sólo dos formas oscuras recortadas por la luz.

Ni siquiera sabía si eran telépatas o humanos.

Y, en apenas un instante, me encontré tendido bocabajo en el suelo, con las manos inmobilizadas a la espalda y con un cañón de escopeta apuntándome directamente a la nuca.

-Ni una tontería, ¿has entendido? -me susurró una voz al oído, antes de una capucha me cubriera la cabeza y me cegara por completo.



Durante el tiempo que duró el viaje, sentado en la parte trasera del cuatro por cuatro, me dediqué a trazar mentalmente varios discursos alternativos para excusar aquella intrusión. No tenía ni idea de si mis captores eran telépatas o humanos, así que busqué excusas tanto para el Gobierno Mundial, como para los habitantes de Dalton. Aunque, si se trataba de los segundos, no haría falta excusa alguna: con reconocer los verdaderos motivos que me habían llevado a abandonar mi hogar y a iniciar aquel viaje debería haber suficiente.

El coche se detuvo en un lugar indeterminado. Como pude percibir a través de la ropa que me cubría la cabeza, la luz había empezado a rodearnos desde bastante antes, aunque se volvió más intensa cuando me sacaron del coche y me hicieron caminar por lo que supuse la calle y, después, un edificio. Podía escuchar voces a mí alrededor, también cuchicheos y ruidos varios. Pero no tenía ni idea de dónde podía estar.

Cuando el ajetreo terminó y alguien me quitó la capucha al fin, me encontré en una sala pequeña, de paredes plastificadas, de color grisáceo y sin ninguna decoración visible en ellas. Estaba sentado en una silla de plástico y ante mí se hallaba una mesa del mismo material. La luz que iluminaba el lugar era tenue y parpadeaba con una intensidad que me resultaba desconocida; no se trataba de la cálida luz que emitían las bombillas LED que actualmente se encontraban por todas partes, era mucho más fría y artificial. No había ninguna ventana al exterior.

Un hombre joven pasó por mi lado y se perdió por la única puerta que tenía la sala, cerrándola tras de sí. Intenté detenerle con una pregunta, pero no me oyó. O no quiso hacerlo.

De ese modo, me quedé solo con mis pensamientos en aquella sala.

Todavía tenía las manos atadas a la espalda y la cabeza me martilleaba de dolor. Me eché hacia delante y apoyé la frente sobre el plástico de la mesa esperando que su frialdad me calmara.

El cansancio había empezar a hacer mella en mí; el cansancio producido por la tensión, por los días de viaje, por la carrera nocturna, por el encontronazo con aquellos enemigos que ni siquiera sabía a qué bando pertenecían. Y ese mismo cansancio fue el que me hizo empezar a sentir miedo. Un miedo irracional que brotaba de lo más hondo de mi ser y que, de no ser porque en ese momento la puerta se abrió y alguien entró en la sala, me hubiese hecho gritar de miedo pidiendo, por favor, que alguien me sacara de aquel lugar.

Cuando levanté la mirada, me encontré ante mí a un hombre de mediana edad y pelo blanco. Tenía la piel, de un aspecto tan fino que parecía una fina lámina, surcada de pequeñas manchas rojizas. Iba uniformado con un traje del mismo gris que el de las paredes y en su solapa  pendía un logo que no supe reconocer.

-Oiga -empecé a decir, al verle, revolviendo mis manos a la espalda, como si intentara librarme de aquello que las mantenía atadas-, ha habido un error, yo no...

-Cállate.

La voz de aquel hombre apenas sonó como un susurro, pero su contundencia me hizo guardar silencio al acto. Tragué saliva.

La puerta se cerró tras él y el hombre tomó asiento en la silla libre que había delante de mí, al otro lado de la mesa. Traía un Terminal portátil que desplegó y dejó sobre la superficie de plástico, antes de dirigirme una mirada severa que me traspasó el alma.

-Ziven Eyre. Dieciocho años. Residente en Leduc, Alberta, Canadá. Portador del chip regulador de ondas. Y, aunque no es oficial, pero es conocido por todos, el chico que burló el sistema.
>>Ziven, ¿qué haces en Dalton?

A pesar de todo, no dudé ni un segundo al responder:

-Busco a mi hermana.

-A tu hermana -repitió el hombre, escéptico, sin apartar aquella mirada inquisitiva de mí.

-Sí -asentí-. Se llama... bueno, se hace llamar Voice, creo. Su nombre de verdad es Azura Daniken. Tengo que darle un mensaje.

-¿Azura Daniken? -El escepticismo derivó en sorpresa para terminar convirtiéndose en incredulidad-. ¿Me tomas el pelo?

-N... no, señor. ¿Por qué? ¿La conoce?

-Claro que la conozco. Es la hija de Corban Daniken. Pero, si Azura fuese tu hermana, él sería tu padre. Y que todo el mundo sepa, Corban no tenía más hijos que ella.

-¡Pero es que él no conocía mi existencia! -me apresuré a cortarle, embriagado por una mezcla de miedo por mi falta de credibilidad y de alegría por el hecho de que aquel hombre conociese a Azura; puede que al final hubiese tenido suerte al elegir Dalton como mi destino-. Bueno, ni siquiera sé si la conocía o no. Mi padre... bueno, Corban... abandonó a mi madre al poco de quedarse embarazada de mí y se llevó a Azura.

-Ya. Y de repente te ha entrado el espíritu fraternal y has decidido cruzar medio continente para venir a verla.

-No… no es eso. Es que nos conocimos el año pasado, gracias al profesor Stern, Edwin Stern. Él supo que éramos hermanos y nos puso en contacto. Si conoce a Corban, seguro que le conoce a él también. ¡Llámele! ¡Le podrá confirmar que no miento! ¡Estaba de profesor en la misma escuela en la que estudié, en Norkfolk!

-Me temo que eso no va a ser posible -me interrumpió de nuevo el hombre-. Edwin no se encuentra en la ciudad. Ni Azura tampoco.

-¿Qué? Pero... ¿no está aquí? ¡No puede ser! ¡Tengo que encontrarla! ¡Hay algo que debo contarle! ¡Tienen que ponerse en contacto con ellos!

-Para el carro, muchacho –el hombre volvió a usar el mismo tono que antes, ese que te hacía quedarte paralizado de miedo-. Para empezar, no tengo manera de confirmar tu coartada. Podrías ser un espía del Gobierno Mundial que se ha inventado toda esta patraña para adentrarse en nuestra base. Pero, pasando por alto ese detalle, está el hecho de que ahora mismo no nos es posible ponernos en contacto con ninguno de los dos. Por no hablar de que no se puede salir de Dalton.

Le miré frunciendo el ceño.

-Cómo que no se puede salir... Pero la verja...

-Sí, la verja está llena de agujeros. ¿Y qué? ¿De verdad creías que nadie se había dado cuenta de tu incursión? Esa maldita verja de la que hablas está llena de sensores y cámaras. La Infrared iba llena de datos sobre tu entrada. Al Gobierno no le importa que la gente la cruce en sentido de entrada; es más, les interesa. Cuantos más telépatas estén metidos en este lugar, mayor será el número que tendrá controlado. Pero prueba a cruzarla en el sentido opuesto.

-No puede ser... -susurré, conmocionado.

Quise añadir algo más, como por ejemplo que qué iba a hacer a partir de entonces si no podía salir de Dalton. Pero mis palabras murieron en mis labios, antes de ser pronunciadas siquiera.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y sentí miedo. Un miedo irracional, básico, enfermizo, que me hizo boquear en busca de un oxígeno que parecía rehuir mis pulmones.

-Me temo que sí puede ser.

5. Verja



Caía la tarde cuando llegué a Barrington, un pueblecito situado a unos cincuenta kilómetros de mi destino.

Estaba ya muy cerca de mi destino, pero la proximidad de la noche y el hecho de que no me conociera el terreno (y de que la carretera no estuviese iluminada) me hizo decantarme por la opción de pasar la noche en aquel lugar y realizar el último tramo del viaje a la mañana siguiente, a la luz del sol. A fin de cuentas, pronto había descubierto que mi idea de llegar  a Dalton en un día ere poco factible. Aquella sería la segunda noche que pasaba en  camino y en la que me tenía que espabilar para encontrar un lugar para dormir. Descansar un poco antes del tramo final no iba a suponer ninguna desgracia

Como me había imaginado, el pueblo estaba completamente vacío; lo mismo que había sucedido con el que había visitado la noche anterior y como todos y cada uno de los lugares que había cruzado durante los dos días de viaje. No estaba seguro de si los habitantes habían abandonado el lugar por voluntad propia o se trataba de alguna medida preventiva del Gobierno. Fuera como fuese, aquello me había hecho mucho más fácil el viaje, porque no tenía que dar explicaciones a nadie.

Sin adentrarme demasiado en las calles de Barrington, no fue complicado encontrar un almacén cuya puerta no estuviese cerrada con llave. Hubiese sido más cómodo colarme en alguna de las casas abandonadas y usar una cama con sábanas y colchón. Pero, aunque no hubiese nadie en los alrededores, no dejaba de tener la extraña sensación de que me estaba metiendo sin permiso en una propiedad privada.

Era pronto, todavía, por lo que, una vez instalado en mi camastro improvisado, me arrebujé entre la ropa de recambio que llevaba en la bolsa y que me abrigaba un poco del frío que hacía en el lugar, y me dediqué a navegar por la red con el móvil mientras me llenaba el estómago con unas barritas energéticas que había comprado  la mañana anterior, antes de iniciar el viaje.

A decir verdad, no me apetecía hacer nada más que seguir dándole vueltas a qué haría cuando llegara a Dalton y a lo que pasaría después de que encontrara a Azura. Pero necesitaba descansar y relajarme. Pedalear casi cien kilómetros en dos días había supuesto todo un reto para mí y, a pesar de la ayuda del motor eléctrico que incorporaba la bicicleta, empezaba a acusar unas considerables agujetas en las piernas. Tenía que dormir si no quería terminar enfermo y despejar un poco la mente seguramente me ayudaría a ello.

Pero cuando mi cuerpo empezaba a encontrar la postura adecuada y todos mis músculos empezaban a abandonar la tensión acumulada para prepararse para un sueño reparador, me pareció escuchar un ruido en el exterior.

Un ruido que parecía una voz.

El pulso se me aceleró y, repentinamente asustado, agucé el oído.

El ruido se repitió y esta vez pude distinguir perfectamente que se trataba de una voz humana.

Tragué saliva. Varias posibilidades pasaron por mi cabeza, desde que alguien se hubiese quedado a vivir en el pueblo a pesar de todo, hasta que un grupo de saqueadores se hubiese acercado hasta allí para ver si podía encontrar algo interesante en las casas abandonadas. Fuera como fuese, lo mejor sería pasar desapercibido y no llamar la atención.

Me había encogido más en mi rincón, apretando mis pocas pertenencias contra mí, cuando la voz que entraba en el almacén a través de unas aperturas de ventilación situadas sobre las ventanas cerradas en el fondo de la estancia, junto a la puerta, dijo:

-En el almacén.

Mi cuerpo se puso tenso al acto, como si una corriente eléctrica lo hubiese cruzado de arriba a bajo. Y a partir de ese momento, lo único en lo que pude pensar fue en que tenía que salir de allí cuanto antes.
Ni siquiera me detuve a recoger mis cosas, me enfundé la chaqueta, metí el móvil en el bolsillo, me aseguré que el otro móvil siguiera en su lugar, en el otro, y busqué con la mirada una salida alternativa.



No sé cuánto tiempo estuve corriendo, pero me dio la impresión de que era una eternidad. Ni siquiera sé si realmente me siguió alguien en cuanto abandoné el pueblo. En realidad, ni siquiera sé si me buscaban a mí o si lo que escuche en el suelo de aquel almacén fue real o producto de mi imaginación. Fuera como fuese, abandonando la bicicleta que me había llevado hasta allí, seguí corriendo en la oscuridad de la noche, resiguiendo el asfalto de la carretera secundaria que debía llevarme hasta mi destino y que, como si el fin del mundo hubiese llegado, estaba completamente vacía de coches.

Corrí y corrí, y seguí corriendo aún más, como si me fuera la vida en ello. Aunque de hecho, así era. Estaba seguro de que si no lograba escapar de la vida que había vivido como no telépata, iba a morir. Llegar a Dalton era la única oportunidad que me quedaba para salir adelante. No podía permitir que nadie me lo impidiera.

Lo que detuvo mi carrera desesperada en la noche no fue el cansancio acumulado ni las agujetas. Ni siquiera la falta de aliento. A pesar de que nunca había sido amante del deporte y de que en la escuela hacía lo mínimo indispensable en las clases de desarrollo físico, estaba convencido de que el subidón de adrenalina me hubiese permitido seguir corriendo durante horas.

No. Lo que detuvo mi carrera fue una verja metálica, de unos dos metros de altura, que apareció en mi camino como por arte de magia.

Supe enseguida de qué se trataba. Y, aunque no lo hubiese sabido, un enorme cartel digital parpadeaba en medio de la oscuridad, advirtiendo a los posible visitante que, a partir de ese punto, se iniciaba una zona restringida a la que estaba terminantemente prohibido el acceso. También había cámaras de seguridad, pero estas no enfocaban hacia el exterior de la valla, sino hacia el interior. Porque lo importante no era saber quién entraba en Dalton (nadie con dos dedos de frente querría perderse en ese lugar), sino quién salía.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. Al fin lo había conseguido. Lo tenía sólo a una valla de  distancia.

Ni siquiera caí en la cuenta de que el muro estaba mucho más cerca de lo que había creído en un principio. A pesar de que su ubicación exacta se consideraba información confidencial y no estaba publicada en ninguna parte, había podido encontrar cierta información en la red a través de mis investigaciones previas al viaje.

Pero por lo que acababa de descubrir (y afortunadamente) esa información había sido del todo errónea.

Al acercarme a la verja el zumbido característico de la electricidad me advirtió de que probablemente no iba a ser seguro tocarla con las manos desnudas. Pude comprobarlo por mí mismo al lanzar una rama que encontré en la calzada y que, en cuanto tocó el metal, sufrió una sacudida y dejó escapar un chispazo, cayendo al suelo envuelta en una nube de humo.

De todos modos no iba a dejar que aquello me detuviera ahora.

Abandonando la carretera y adentrándome en el bosquecillo que la rodeaba, me dispuse a seguir el perímetro del muro. No tuve que alejarme demasiado para encontrar las primeras fisuras en la verja, no sé si producto de las inclemencias del tiempo o de alguna mano humana que había querido hacer añicos ese símbolo de segregación. Habiendo recorrido apenas un par de kilómetros, encontré un agujero lo suficientemente grande para meterme sin problemas. 

4 . Rockford

Si el segundo día de viaje se me hizo insoportable, el tercero ya fue el colmo.

Había pasado la noche en Fargo pero apenas había dormido nada a pesar del cansancio acumulado. A la mañana siguiente estaba con los nervios de punta y cualquier comentario me hacía saltar por los aires. Pero eso no me detuvo. Llegar a Dalton se había convertido en mi única obsesión y, a cada nuevo paso, esa obsesión no hacía más que crecer y crecer, como si aquella fuera mi única meta en la vida.

Crucé los estados de Minessota y de Wisconsin, deteniéndome un par de veces para recargar y estirar las piernas, y me adentré en Illinois para llegar a Rockford. Era la última parada en el camino. A partir de allí, el cerco que rodeaba la antigua Chicago no me permitiría avanzar y tendría que buscar un modo alternativo para cubrir el trecho que me faltaba.

Después de devolver el coche en uno de los depósitos de las afueras de la ciudad (las empresas de rentting estaban todas asociadas y aunque en Rockford no hubiese oficinas de la compañía en la que había alquilado el coche, pude hacer los trámites en otra), me eché a la calle para buscar algún lugar para dormir.

Durante mi paseo, me sorprendió encontrar una ciudad semi-vacía y visiblemente deteriorada. Muchos de los comercios estaban cerrados y las pantallas publicitarias, que normalmente invitaban a tomar refrescos o anunciaban el último grito en moda, inundando la calle de fragancias sintéticas que emitían para captar la atención de los posibles compradores, aquí anunciaban locales y viviendas en venta en todas las esquinas.

A pesar de ser sólo media tarde, apenas había gente por la calle y la poca que se cruzó conmigo no me dirigió miradas demasiado agradables. Casi podía olerse el miedo en el aire. Estaba claro que la mayoría de los que permanecían todavía en Rockford no se habían ido porque no tenían adónde ir.

Desafortunadamente para mí, eso disminuía enormemente las posibilidades de encontrar un hotel decente.

Después de mucho pasear me di cuenta de que muchos de ellos habían cerrado por la falta de visitantes y los pocos que quedaban abiertos alegaban tener todas las habitaciones llenas en cuanto me veían entrar; algo que no parecía muy probable dada la poca afluencia de turistas que había en la ciudad. Pero estaba claro que, si en el mundo en general los blancos ya estaban suficientemente mal vistos, en Rockford ese recelo se convertía en puro odio.

Al final tuve que conformarme con un albergue de mala muerte, situado en las afueras, en el que las sábanas tenían aspecto de no haber sido lavadas en décadas. 

Las provisiones que había saqueado de la cocina de mi casa se habían terminado esa misma mañana por lo que, antes de encerrarme en la habitación, me adentré en el primer restaurante que encontré abierto, dispuesto a saciar mi exigente estómago que no había dejado de rugir y protestar desde aquel mediodía.

El local elegido pertenecía a una cadena de comida rápida especializada en pizzas. Afortunadamente, todavía me quedaba suficiente crédito en el móvil para permitirme aquel capricho y algunos más. La decoración era la misma que en todas partes, con taburetes y mesas de metracrilato transparente, y servilleteros automáticos de color verde chillón.

Me hice con una pizza entera y me dejé caer en una de las mesas individuales del fondo del local, lejos de la ventana.

Mientras comía me dediqué a pensar en cómo diantres podía hacer para llegar a Dalton. La ciudad estaba situada a más de ciento cincuenta kilómetros de Rockford y yo había tenido que dejar el coche en el depósito. No es que no hubiese podido alargar un poco más el plazo de alquiler, pero no quería tener que abandonar el coche en Dalton y que la multa por la no devolución del vehículo recayera sobre mí madre. A fin de cuentas, el contrato de rentting estaba a su nombre porque yo todavía era menor de edad.

Además, estaba el detalle de que pasearse por las carreteras que llevaban a la ciudad llamaba especialmente la atención.

Por otro lado, tener que hacer el camino a pie no era algo que me hiciese mucha gracia. No estaba acostumbrado a andar grandes distancias y, además, aunque el tiempo estaba aguantando bastante bien y la temperatura no era muy baja todavía, estábamos a diciembre: el viento podría cambiar en cualquier momento. Incluso podía nevar.

Y entonces, como caída del cielo, la respuesta a mis dudas entró por la puerta del local de pizzas. Un hombre joven acababa de aparecer llevando a la espalda una bicicleta plegable y un par de bolsas isotérmicas vacías. Era el repartidor a domicilio.



Me había fijado en que en Rockfor había un sistema público de alquiler de bicicletas, como ocurría en muchas ciudades del país. Dichas bicicletas podían recogerse en cualquiera de los aparcamientos especiales de la ciudad y, después, podían entregarse en cualquier otro. Así siempre tenías una bicicleta cerca para ser usada.

También era cierto que el perímetro de uso era sólo local y que las bicicletas no podían sacarse de la ciudad, bajo multa o suspensión del contrato. Pero yo no tenía intención de devolverla. Mi viaje era sólo de ida y lo que ocurriera después, no me importaba. Además, estaba casi seguro de que, una vez en Dalton, nadie vendría a buscarme por ello.

Desafortunadamente, el contrato de uso de ese sistema tenía que firmarse de modo presencial en las oficinas del ayuntamiento, por lo que la mañana siguiente me dirigía hacia allí.

Después de esperar mi turno en una sala común, los altavoces anunciaron mi número y me dirigí el cubículo indicado. Allí me esperaba un hombre corpulento de piel oscura que no tenía aspecto de administrativo. Era demasiado grande y parecía tener demasiada energía para permanecer toda la jornada laboral sentado en una mesa de despacho atendiendo peticiones de ciudadanos.

-Buenas -saludé, mientras tomaba asiento.

Casi (casi) podía sentir el eco de sus pensamientos en mi cabeza, recordándome el color de mi cabello y mi condición. O puede que sólo fueran imaginaciones mías y el hecho de haber dormido tan mal durante los últimos días hubiese destrozado mis nervios hasta el punto de hacerme imaginar cosas que no eran.

-Tú dirás, chico.

-Verá... Acabo de llegar a la ciudad y me gustaría contratar el servicio de bicicletas públicas.

-Con que una bicicleta, ¿eh? -dijo, de un modo que me hizo ponerme tenso al acto, mientras activaba casualmente su pantalla de trabajo-. Si vas a Dalton te aconsejo que no utilices la carretera principal. Hay un control policial permanente cerca de la ciudad y a veces no preguntan antes de disparar.

Me quedé helado y tardé largos segundos en reaccionar.

-No, si yo no... no voy a Dalton -mentí.

Mierda. Siempre se me había dado mal mentir, así como ver las cosas con antelación. Debería haberlo imaginado con sólo entrar en el cubículo y ver la cara con la que me miraba aquel hombre. Pero no terminaba de acostumbrarme al hecho de que ya no podía leerle los pensamientos a los demás y aquello hacía que las conversaciones con desconocidos me pillasen con la guardia baja la mitad de las veces. Había dejado de jugar con ventaja y ahora, en la situaciones reales, me daba cuenta de que no había adquirido las suficientes habilidades sociales para salir airoso de las conversaciones comprometidas. Un auténtico fastidio.

De todos modos, el hombre no pareció inmutarse. Me miró fijamente, clavando aquellos ojos oscuros que se escondían bajo unas prominentes cejas negras que contrastaban con la falta de cabello sobre la parte frontal de su cuero cabelludo, y dijo:

-Ya. -El “ya” sonó cortante como un cuchillo-. Y yo todavía me chupo el dedo. Chico, no llevo cuatro días aquí -hizo un gesto vago, señalando su alrededor-. He visto a otros como tú antes. Estas cosas se huelen a la legua.

La tensión de mi cuerpo aumentó pero permanecí callado, sin saber qué hacer. Una parte de mí se moría de ganas de echar a correr sin volver la mirada atrás, pero la otra me pedía prudencia. Quizás hubiese algún modo de solucionar aquello sin tener que salir por patas. No podía echar por tierra todo lo que había hecho hasta el momento; no ahora que estaba tan cerca

El hombre de cejas espesas volvió a sacarme de mis cavilaciones:

-Pero hombre, no tengas miedo. No soy la clase de tipo que llama a la policía por algo así. A mí, lo que hagáis los telépatas, me importa un comino. Siempre y cuando no os metáis conmigo, claro está. Y el que tú te vayas a Dalton no va a cambiar mi vida. Así que no me voy a molestar en pasar parte de esto.
>>Pero tampoco te voy a dar el carné para bicicletas.

Hizo una pausa en la que aprovechó para echarse hacia atrás, acomodándose en su silla de trabajo giratoria. Su gesto la hizo crujir y la estructura protestó con un chirrido. Seguía pareciéndome un hombre demasiado grande para aquel reducido espacio de trabajo.

-Mira, chico, ya te he dicho que ha habido otros antes que tú. De hecho, ha habido tantos que el seguro ya no cubre las bicicletas desaparecidas en la ciudad de Dalton. El ayuntamiento nos ha prohibido taxativamente dar el carné a telépatas “sospechosos de querer acceder a Dalton” y nos ha instado a denunciar a cualquiera que encaje en el perfil.
>>Ya te he dicho que no voy a llamar a nadie, pero eso no quita el que me esté prohibido darte el carné, porque si alguien se entera de esto, el que se irá de patitas a la calle seré yo.

Tragué saliva y desvié la mirada.

-Entiendo -susurré, desanimado. Al final sí tendría que caminar esos ciento cincuenta kilómetros...

Me puse en pie, dirigiéndole una mirada al hombre

-Siento haberle molestado. Y supongo que gracias por todo.

Pero su reacción me desconcertó.

-¡Eh, chico! ¿Adónde vas con tanta prisa? ¿No vas a protestar? -Echó un vistazo en derredor, cerciorándose de que nadie  había estado prestando atención a la conversación y me pidió con un gesto que me sentara otra vez. Obedecí-. Que yo no te pueda dar el carné para bicicletas no quiere decir que tú no puedas coger una. De forma ilegal, claro. ¿Pero a quién le importa eso cuando te diriges a Dalton? Casualmente, la bicicleta que está aparcada frente al ayuntamiento, en la posición de más a la derecha, se encasquilla a la hora de ponerla en el soporte de retención. De hecho, si la zarandeas un poco, ni siquiera hace falta liberarla mediante la contraseña.
>>Quizás no debería contarle estas cosas a los desconocidos, pero tampoco hace falta ser muy listo para averiguarlo.
>>Por otro lado, hay otros detalles técnicos que no pasan desapercibidos, como por ejemplo que la bola de plástico roja que hay debajo del sillín contiene el localizador que sirve para mantener bajo vigilancia todas las bicicletas del ayuntamiento. Sin localizador, la policía no te puede encontrar. Y todas esas condenadas bicicletas son demasiado parecidas para registrarlas todas. Además, si sales de la ciudad... ¿quién va a perseguirte?

Fruncí el ceño. No pronuncié aquellas palabras en voz alta, pero no pude estarme de preguntarme el motivo que había llevado a aquel hombre a ayudarme. Nadie lo había hecho antes, exceptuando, quizás, a los pocos amigos que había hecho en Norfolk. Y ellos eran telépatas, como yo; tenían un motivo para ayudarme. Ese hombre no.

La idea de que quizás me estaba tendiendo una trampa pasó por mi cabeza.

-Uhm... -murmuré, mientras me levantaba de nuevo e intentaba buscar un modo de salir de allí sin que pareciera que estaba huyendo-. Quizás vuelva más tarde... cuando no haya tanto movimiento.

No especifiqué para qué, así que tampoco tendrían nada en mi contra dado el caso. De todos modos, la respuesta también podía tomarse como una aceptación de la información que me había dado.

El hombre sonrió, mostrando una hilera perfecta de dientes blancos. En uno de los caninos tenía incrustado un pequeño diamante que brilló con luz multicolor al ser herido por la luz neutra de las bombillas.

-Entonces, que te vaya bien, chico. Pero debes saber que hay algunas cosas que es mejor hacerlas a la luz del día, porque sino llaman demasiado la atención.

Asentí una sola vez y sin apartar la mirada del hombre, salí del cubículo.



Apenas me había alejado cincuenta metros del ayuntamientos cuando di media vuelta, con el corazón retumbando con fuerza dentro de mi pecho, y me dirigí, rápido como una bala, hacia la bicicleta que me habían indicado.

No sé si me sentí aliviado o todavía más preocupado cuando la bicicleta cedió al leve zarandeo. Miré repetidas veces a ambos lados, pero no había nadie observando. Nada fuera de lugar.

Inspiré una gran bocanada de aire cuando me monté en ella y no dejé de sentir el retumbar de los latidos de mi corazón hasta que hube girado por una de las calles laterales y me hube perdido en la ciudad.

Me detuve en un lugar apartado y, a cobijo de un portal poco transitado, arranqué la bolita roja de la que me había hablado el hombre. No sucedió nada al hacerlo. No sonó ninguna alarma, ni cayeron sobre mí una horda de policías armados.

Aún así, seguía sintiendo esa sensación de estar cometiendo una locura. El cuerpo, tenso por el torrente de adrenalina, se  me movía casi con voluntad propia y a una velocidad que desconocía poseer.

De todos modos, no había tiempo para miedos ahora. Fuera o no una trampa, ya me había lanzado de cabeza a ello. Ya no me podía echar atrás.

Una vez conseguido mi objetivo me dirigí a la pensión dónde había pasado la noche para recoger la bolsa de deporte. También me hice con un poco de comida y un par de botellas de agua. El camino iba a ser largo y no estaba seguro de poder cubrirlo en un solo día. La bicicleta disponía de un motor que funcionaba con placas solares y que podía activarse a ratos, lo que facilitaría enormemente el trayecto.  Pero yo nunca había sido un as en los deportes; más bien lo contrario.

Sólo esperaba no tener que pasar la noche al raso, porque, viendo como había terminado de vacía la ciudad en la que me encontraba ahora, no quería ni imaginar cómo estarían los pueblos más cercanos al cerco que rodeaba Dalton. 

3. Chip

Sin saber muy bien el motivo, mientras alquilaba una cama en uno de los hoteles a los que había echado el ojo, no pude evitar pensar en Alma y en el día que nos conocimos en la puerta del despacho de la directora. Hacía casi un año que no la había visto y, en todo ese tiempo, apenas había pensado en ella. Como apenas había pensado en Greg, en Roberto o en todos los demás compañeros que había dejado atrás aquel día.


Como si de algún modo quisiera creer que lo ocurrido durante aquellos meses en la escuela para telépatas Lucius Evans de Norfolk no hubiese sucedido jamás. Como si de algún modo hubiese querido borrar de mi memoria un pasado que me hacía más telépata de lo que quería ser y que ahora, con el inicio de aquel viaje, regresaba a mí con fuerza, recordándome quién era.

No pude evitar preguntarme qué habría sido de todos ellos, especialmente de Alma, la única que se había acercado a mí sin esperar nada a cambio; la única que me había querido a pesar de ser como era. ¿Habría aceptado el chip? ¿Habría huido a Marte, como habían hecho muchos? ¿O estaría en alguna de las colonias telépatas que aún quedaban en la Tierra, formando parte de la resistencia?

Un punzada de nostalgia me pellizcó el estómago y dudé de haber hecho lo correcto huyendo de aquel modo y cortando todos los lazos que me unían a mi pasado. Alma, Greg, incluso Constanza habían sido de las pocas personas que me habían aceptado por lo que era. Y yo les había apartado de mi lado sin compasión por sentirme demasiado asustado; por no saber qué era lo que quería en realidad.

Por no ser más que un cobarde y un inmaduro.

La mirada de la dependienta del hotel cápsula me hizo volver a la realidad.

Era una chica joven, de no más de treinta años, con el pelo cortado a capas, teñido de negro y acompañado de algunas mechas rojas, que me miraba con desagrado mientras chupaba un caramelo.

-¿Llevas el chip? -escupió, sin rodeos, antes siquiera de pedirme la documentación.

El comentario me dolió, pero no me inmuté. Empezaba a acostumbrarme a escuchar cosas parecidas. Además, según la ley, ella tenía todo el derecho del mundo a pedírmelo. Para los telépatas que habíamos renunciado a nuestra condición y habíamos aceptado permanecer en el mundo humano, la implantación del chip regulador de ondas, que impedía el uso del sentido telepático, era obligatoria.

Y, aunque algunos de mis semejantes preferían evitarse aquellos malos ratos con el use de tintes e implantes oculares para disimular su albinismo (el gen de la telepatía estaba relacionado con el del albinismo, si eras telépata, eras blanco), yo no estaba dispuesto a renunciar a mi identidad. Ni tampoco a mi color de pelo.

-Puedes comprobarlo tú misma -repuse, inclinándome ante ella para facilitarle la labor.

Para mi sorpresa, pues no esperaba que su hostilidad llegara a esos extremos, cogió un detector y lo pasó por mi cabeza. El pitido característico corroboró mis palabras. Aquello pareció calmar un poco los ánimos.

-Documentación, fecha de entrada y salida. Son tres mil quinientos DM por noche.

Le envié mis datos a su terminal, a través de la conexión inalámbrica, y ella comprobó su autenticidad.

-Sólo esta noche -añadí, en respuesta a su pregunta.

-Cargo en cuenta o metálico.

No estaba muy seguro de si a John se le habría ocurrido cancelar mi cuenta después de mi huida, ni de si tenía alguna intención de buscarme por aquello. Fuera como fuese, no quería arriesgarme. Había transferido suficiente dinero a la cuenta virtual del móvil para llegar a Dalton sin problemas.

-Metálico.

A los pocos segundos un mensaje entrante me pidió si aceptaba el pago con el dinero que tenía en el terminal. Acepté y la chica me indicó un corredor que se abría paso detrás de ella y de su mostrador.

-La hilera de la derecha. Cubículo veintisiete.

Asentí y me arrastré hacia la dirección que me habían indicado. Las cápsulas que contenían las camas estaban alineadas en una cuadrícula perfecta de tres por nueve y la que me había asignado la dependienta era la última de todas, el final del pasillo, en la tercera fila empezando por abajo. Una pequeña plataforma me elevó los escasos dos metros y medio a los que se encontraba el compartimiento.

Una vez dentro, sin tan siquiera cambiarme de ropa, me tumbé sobre el colchón y me cubrí con las sábanas. Esperaba la llegada de un descansar tranquilo y sin sueños, pero no tuve esa suerte. Sumido en la oscuridad, agotado por el viaje, me pasé parte de la noche en vela, escuchando el ruido rítmico del sistema de ventilación, que llenaba el lugar de susurros. La conversación que había mantenido con mi madre regresaba una y otra vez, así como el recuerdo de aquella chica de pelo blanco y ojos de un suave carmesí que una vez me besó.




A la mañana siguiente retomé mi camino, recogiendo un vehículo de alquiler que había contratado días antes en uno de los depósitos de coches de las afueras.

En las oficinas de alquiler tampoco me pusieron las cosas fáciles. Daba la impresión de que por ser albino llevaba la palabra “terrorismo” escrita en la cara. De hecho, así podría haber sido. El mundo estaba en guerra y para los humanos corrientes el pelo blanco y la mirada pálida o rojiza eran sinónimos de problemas. Todavía se perpetraban muchos atentados contra ellos, cometidos por rebeldes telépatas. Por eso, cualquier precaución era poca. Daba igual que entre un veinte y un treinta por ciento de los telépatas de todo el mundo hubiesen aceptado las condiciones del Gobierno Mundial y ahora estuviesen viviendo entre los humanos, en igualdad de condiciones debido al chip regulador que llevaban en el cerebro. Si esos telépatas seguían luciendo su pelo blanco, también seguían siendo una amenaza potencial.

Me quedaba todavía un largo recorrido por delante. Más de dos mil trescientos kilómetros para llegar a Dalton.

Dalton era el nombre que había adquirido Chicago después de convertirse en uno de los bastiones telépatas del país. Antiguamente, ese había sido el nombre de una importante colonia de blancos de la ciudad, que siempre había funcionado como un pueblo aparte. Durante los disturbios estudiantiles del año anterior, que habían sido el preludio de la guerra, esa colonia se había ido haciendo con el control de toda la ciudad, hasta conseguir expulsar los humanos de ella. Ahora funcionaba como un estado independiente que generaba sus propios recursos y vivía al margen del mundo.

Un cerco policial delimitaba su perímetro, evitando la salida de los telépatas, y nadie que preciase su vida se acercaba a menos de veinte kilómetros de allí.

A menos que estuvieras buscando a un rebelde telépata, claro estaba. Y eso era precisamente lo que yo quería hacer.

No tenía ni idea de dónde encontrar a Azura, ni tampoco al profesor Stern. Ambos habían desaparecido de mi vida sin dejar rastro. Pero, por lo que me había contado Shin aquella vez, antes de que los acontecimiento se precipitaran, ambos habían vivido en Dalton tiempo atrás. Quizás ese sería un buen lugar para empezar a buscar.




En ese segundo día de viaje pasé por Regina, crucé la frontera estadounidense para adentrarme en el estado de Dakota del Norte y llegué a un lugar llamado Fargo, en la frontera con el estado de Minessota. En total más de novecientos quilómetros

Tuve que detenerme un par de veces para recargar las baterías del coche, algo que agradecí y que aproveché para comer y para estirar un poco las piernas. El viaje empezaba a hacerse pesado y a pesar de que el paisaje había ido cambiando gradualmente, apenas me fijaba en ello. Lo único que tenía ahora en la cabeza era llegar cuanto antes y encontrar a mi hermana.

No tenía ni idea de qué le diría cuando estuviéramos cara a cara y había estado ensayando mentalmente un sinfín de conversaciones diferentes, acompañado por la soledad de la carretera y el aburrimiento de lo monótono, mientras el sistema de piloto semi-automático me permitía dejar volar un poco mi imaginación. Lo primero sería presentarme, claro. En nuestro primero encuentro no había tenido la oportunidad y lo único que habíamos intercambiado había sido una mirada extraña.

Voice (Azura) me había parecido una mujer fría. En cierto modo, incluso me había dado miedo. Quizás ese había sido el principal motivo de mi huida. Si ella se hubiese mostrado de otro modo (¿más comprensiva, quizás? ¿más cercana?) lo que Shin me contó ese día no me hubiese afectado tanto.

Aunque quizás sólo estuviese asustada, como yo, porque, por lo que me había dicho Shin, ella ni siquiera conocía mi existencia. De todos modos, necesitaba preguntarle qué le había contado mi padre y si tenía alguna idea de por qué había hecho lo que había hecho; si sabía el motivo de tantas mentiras que lo único que habían hecho habían sido hacernos daño a mi madre, a mi hermana y a mí. Y, ya de paso, comprobar todo lo que me había contado Stern aquel verano, durante su última visita, era verdad

No tenía la certeza de que ella me lo pudiera contar. Ni siquiera sabía si querría verme. Puede que ni siquiera se acordase de mí. Pero, fuera como fuese, quería hablar con ella. Tenía que hacerlo. Debía hacerlo. Al menos, una vez.

Además, como había prometido, tenía que hablarle de mamá.

2. Imprevisto

Mi madre llamó por primera vez pasadas las seis de la tarde.

Estaba a punto de llegar a Saskatoon, mi primera parada en aquel viaje, y el sonido de la llamada entrante me puso los pelos de punta.

No me había acordado de desconectar el móvil y la canción pegajosa que usaba como tono de llamada, amplificada por el ordenador de abordo, que repetía una y otra vez en la pantalla de navegación el aviso de llamada, se esparció por el coche como si fuera el aroma de un frasco de perfume que se había derramado.

Aquella agonía duró cincuenta segundos y cuando terminó me di cuenta de que empezaba a estar hecho polvo. Jamás había conducido durante tanto tiempo seguido y, a pesar de la ayuda que ofrecía el piloto automático en determinados momentos, sentía todo el cuerpo entumecido debido a la tensión acumulada.

Justo en ese momento abandoné la autopista Yellowhead y me adentré en Saskatoon.

No había estado en esa ciudad antes, aunque ese detalle no me preocupó. Había aprendido suficiente sobre ella consultando en la red. Además, aquel sólo iba a ser un pequeño alto en el camino para descansar y para cambiar el coche de mi madre por uno de alquiler (mi intención nunca había sido robarle el medio de transporte, pero, al trazar mi plan de huida, esa había sido la única manera que se me había ocurrido de desaparecer sin llamar la atención y de alejarme todo lo posible sin tener que depender de horarios de transporte y conexiones).

Elegí al azar unos de los grandes depósitos de coches de las afueras de la ciudad y pagué el importe correspondiente a tres días de alojamiento (en ese periodo habría tiempo de sobra para avisar de dónde se hallaba el coche y de que lo vinieran a buscar).

Como en todas las grandes urbes, la circulación de vehículos por el centro quedaba prohibida, por lo que los visitantes estaban obligados a dejar sus coches en los aparcamientos que se erguían en las afueras y a usar el transporte público. Afortunadamente, la señalización era inmejorable y a cada nuevo paso se podían encontrar paneles informativos que indicaban la dirección. Perderse era impensable y la comodidad de los buses y tranvías, inmejorable.

Una cinta transportadora me llevó hasta la parada del tranvía y, una vez allí, analicé el mapa de transporte público. Me había hecho con la dirección de un par de hoteles cápsula para pasar la noche y tracé una ruta para llegar hasta ellos.

La segunda llamada llegó en el momento en que el tranvía se detenía en la parada para permitir la subida de los pasajeros que, como yo, habían dejado su coche en el aparcamiento y se dirigían al centro de la ciudad. La tercera cuando ya estaba a medio camino, agarrado a una de las barras del vagón, observando vagamente el paisaje a través de las vidrieras del transporte público mientras una música suave llenaba el ambiente.

Esta vez, ninguna de las dos hizo sonar la melodía pegajosa: había desactivado el sonido de mi terminal. Pero como no podía despegar los ojos de la pantalla, había visto como ambas llamadas entraban y salían, dibujando en la pantalla la imagen de mi madre, con el rostro colmado de preocupación.

No fue hasta la cuarta llamada, que llegó cuando ya me apeaba después de haber hecho trasbordo en el centro, que me atreví a responder.

De hecho, aquello no estaba previsto. Cuando había trazado mi plan, semanas atrás, había llegado a la conclusión de que sería mejor no contarle nada a mi madre; al menos hasta que hubiese llegado a Dalton. No quería que una conversación con ella me hiciera cambiar de opinión ni tampoco quería que esa conversación le diera pistas para buscar la manera de detenerme. Además, para qué negarlo, la comunicación entre nosotros se había enfriado bastante en los últimos tiempos.

Pero verla en la pantalla, con los ojos llenos de miedo, me ablandó el corazón. Ya la habían abandonado una vez y no quería hacerla parar por lo mismo otra vez. Estaba convencido de que, a pesar de los niños, nunca podría superar el que yo me largara sin dar ninguna explicación como habían hecho antes mi padre y Azura.

Desactivé la opción de videollamada (no podía decirle todo aquello mirándola a los ojos) y busqué un lugar tranquilo en el que poder sentarme.

-Mamá -dije, a modo de saludo, en cuanto descolgué.

-Oh, Ziven. Gracias a Dios. ¡Gracias a Dios! -gritó ella, al otro lado del aparato-. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?

-Mamá -repetí con más intensidad.

Pero ella siguió hablando sin parar, a punto de romper a llorar.

-¿Por qué no has llamado? ¿Y por qué no cogías el teléfono? ¡Estaba tan preocupada! En el colegio no sabían dónde estabas. Les he llamado y me han dicho que no habías ido. Y...

-¡Mamá! -casi grité.

Esta vez, la hice callar.

-Mamá... -repetí, por enésima vez-. Antes de que digas nada más, ni que hagas más preguntas, hay algo que tengo que contarte. Algo que ocurrió el año pasado, el día en que dejé la escuela para telépatas. Algo... algo que cambió mi vida y que no te había contado antes porque no sabía cómo hacerlo. Mamá, ese día... ese día conocí a Azura.

El silencio al otro lado de la línea se hizo más intenso. Durante un breve instante me pregunté si mi madre seguiría allí. El ruido de su respiración me indicó que sí. Aquello me alivió un poco. Ahora no podría soportar que me colgara, a pesar de todo.

-Está viva, mamá. Yo... Resulta que había un profesor en la escuela que la conocía. Sucedieron... bueno, sucedieron muchas cosas. Cosas que ni yo mismo entiendo. Pero al final... al final la encontré. Aún así, yo... no pude hablar con ella. Tuve miedo, mamá. Tuve miedo y me largué. Alguien me dijo que mi... mi padre -me costó pronunciar aquellas palabras en voz alta- había muerto y estaba hecho un lío. Además, todo el mundo me contaba su verdad y no sabía a quién debía creer. No sabía qué hacer, no sabía cómo llevar toda aquella situación.

El silencio continuó. Tragué saliva.

-Voy a ir a buscarla. No sé dónde encontrarla, pero sí sé de un lugar en el que quizás alguien pueda decírmelo. Hay algo que tengo que darle, pero también quiero hablarle de ti y contarle que hace diecisiete años que la esperas. Y también me gustaría que me hablara de mi padre.

Me pareció escuchar un sollozo ahogado al otro lado. Me mordí el labio inferior para no llorar también. Mierda, precisamente aquello era lo que había querido evitar a toda costa...

-Mamá, no voy a volver. Y ya sabes por qué. Aunque sea tu hijo... no formo parte de tu mundo. De todos modos, si me prometes... si me prometes que no me buscarás, ni intentarás convencerme para que regrese, te llamaré de vez en cuando. Incluso puede que, cuando esta estúpida guerra termine, vaya a verte alguna vez.

Se oyó el débil gemido de su voz susurrando mi nombre.

-Siento no habértelo dicho antes. Y también siento haberte ocultado mi telepatía durante tanto tiempo. Tenía miedo de que me rechazaras por ella. Siempre pensé que te avergonzabas de mí por ser como era, por ser como mi padre. Pero, a partir de ahora, y si tu me dejas, confiaré más en ti. Además, te prometo que la encontraré.

Dicho eso, colgué, sin esperar ninguna respuesta.

1. Huida (parte 2)

Mi regreso a casa después del inicio de la guerra no fue fácil. Cuando meses antes me había visto obligado a abandonar mi hogar para ser internado en Norfolk, como consecuencia de la falta que había cometido, había dejado atrás una familia dividida. En cierto modo, mi madre había llegado a perdonarme el hecho de que yo le ocultara mi sexto sentido.

Pero John no.

Para él seguía siendo el sujeto que había estado viviendo en su casa en calidad de ciego mental y que al final había resultado ser un mentiroso que con sus engaños había estado apunto de romper la estabilidad familiar.

No sé si lo que más le molestaba era que mi actitud le hubiese podido poner en evidencia delante del mundo (John eran un empresario respetado y, aunque mi identidad como telépata que había estado viviendo al margen de la ley ocultando su sexto sentido al mundo no había trascendido, las malas lenguas siempre podían ser dañinas para un negocio) o que hubiese podido hurgar en su mente sin su permiso.

Fuera lo que fuese, mi regreso le irritó. Y, ésta vez, no me hizo falta usar mi sexto sentido para saberlo. Su actitud destilaba hostilidad por todas partes.

Pero, dejando a un lado el tema familiar, lo peor de mi regreso fue, quizás, el  tener que retomar las clases en la escuela humana a la que no debería haber vuelto jamás.

Fue en setiembre, porque lo que quedaba del curso anterior me lo pasé en casa de baja (estrés post-traumático, dijeron). Mi madre había encontrado un colegio en Edmonton porque yo no había querido regresar al de Leduc (y, aunque lo hubiese querido, no estoy muy seguro de que a la directora le hubiese hecho mucha gracia).

No era el único telépata en la escuela. Había otros como yo, principalmente hijos de humanos  corrientes que por aquellos azares de la genética habían desarrollado el sexto sentido. Pero, decididamente, no eran muchos. Y, además, solían relacionarse solamente entre ellos, parias de una sociedad que, aunque les tendía una mano, no les aceptaba. Además, ellos tenían puntos en común. Puntos que yo no compartía porque, aunque era telépata, había vivido como un humano corriente la mayor parte de mi vida.

De ese modo, no quedaba ningún lugar para mí en aquel circo. Los humanos no me aceptaban porque yo era un blanco y simbolizaba aquello que tanto temían. No importaba que ya no pudiese leer sus pensamientos, mi aspecto seguiría marcando las diferencias a toda vista. Por otra parte, y a pesar de lo paradójico de la situación, tampoco iba a ser aceptado por los demás telépatas, porque había vivido demasiado tiempo como un humano normal, ocultando mi sexto sentido. No compartía su modo de ver el mundo, ni tampoco lo entendía.



El ruido tenue del motor eléctrico hizo que volviera a la realidad. Me arrebujé más en mi escondite y aguardé.

Puntual como de costumbre, mi madre había llegado a casa a la una y catorce minutos.

El coche se detuvo en su lugar y ella bajó de un salto. Mientras conectaba el alimentador de electricidad para recargar las baterías, los niños hicieron lo propio, revoltosos como siempre. Un eco de chillidos y correteos se esparció por la gran sala semivacía en cuanto mis tres medio-hermanos estuvieron en el suelo.

Aguantando la respiración y rezando interiormente para que sus carreras y persecuciones no les llevasen demasiado cerca de dónde yo me escondía, esperé pacientemente a que recogieran las chaquetas y las bolsas de mano, y tomaran el ascensor en dirección a casa. Una vez lo hubieron hecho, aguardé todavía algunos minutos más en aquella posición furtiva, por si salía algún imprevisto.

Pero no fue así. Ni mi madre los niños regresaron al párquing.

Tenía vía libre.

Comprobando a lado y lado que no hubiera ningún testigo en la zona, salí de detrás del coche en el que me había escondido y me dirigí al vehículo de mi madre. De nada iba a servir que no me vieran porque, de todos modos, las cámaras de seguridad gravarían mi marcha, y en cuanto mi madre comprobara el registro de usuarios que habían utilizado el coche, al descubrir su desaparición, sabría que había sido yo. Pero aquello sería mucho después de que  me hubiese ido. Así que lo que más me importaba ahora era poder salir de allí sin ningún  contratiempo y aprovechar al máximo las horas de las que disponía.

1. Huida (parte 1)

(Un mes antes)

La alarma que había programado en el móvil para que sonara exactamente a la una en punto me hizo dar un brinco. Echando un vistazo de soslayo al aparato, que reposaba sobre la mesilla de noche de mi habitación, tragué saliva y me insté a darme prisa. Mi madre ya debía haber salido del trabajo y, en cuanto recogiera a mis hermanos del colegio, vendría directa a casa. No me quedaba mucho tiempo si quería irme antes de que ellos llegaran.

Sin saber exactamente qué sería lo más apropiado, seguí embutiendo ropa al azar en la bolsa de deporte que había escogido como compañera de viaje, desde calcetines, hasta sudaderas.
Una vez me pareció lo suficientemente llena, cerré la cremallera y la dejé junto a la puerta, listo para la marcha.

Ahora sólo me quedaba recoger el objeto que guardaba cuidadosamente escondido dentro del relleno de la almohada, y que era el motivo de aquella huida precipitada: el móvil que el profesor Stern había venido a entregarme hacía cinco meses. El móvil que había pertenecía a mi hermana y que podía cambiar el rumbo de la historia.

Cuando lo tuve en mis manos, lo observé unos instantes, como si de ese modo intentara convencerme a mí mismo de lo que iba a hacer a continuación. Aunque, de hecho, hacía mucho tiempo que había tomado aquella decisión.



Era diciembre y pronto se cumpliría un año del inicio de la guerra entre humanos y telépatas; guerra que había estallado después de meses de tensiones entre las dos razas, debido a la intención del Gobierno Mundial de aprobar la controvertida Ley de la Telepatía (que tenía como objetivo reducir considerablemente las libertades telépatas) y de la que yo era responsable de algún modo.

El conflicto, inicialmente beligerante y que había causado numerosas bajas en ambos bandos, había ido degenerando hasta llegar a un punto muerto.

Los humanos, que eran más en número y en efectivos, habían reducido a los telépatas resistentes en algunos enclaves concretos, como por ejemplo las ciudades de Chicago, Edimburgo o Melbourne. Pero, y debido a que estos últimos controlaban las bases lunares y las estaciones de Marte, y, con ello, los satélites responsables de las comunicaciones y tráfico de la información, los humanos no habían podido dar el último golpe de gracia en muchos casos.

Por otra parte, en el bando humano había empezado a crecer un movimiento favorable a la convivencia de las dos razas, que no veía con buen ojo la erradicación de aquellos que, a fin de cuentas, eran humanos con una ligera mutación genética. Gracias a la presión ejercida por ese grupo, el hipotético ataque a gran escala contra los telépatas se había ido posponiendo indefinidamente en el tiempo. 

De todos modos, en la mayor parte del mundo humano, aquella guerra pasaba desapercibida, siendo solamente mencionada de vez en cuando en alguna columna de opinión de algún diario digital o en la tertulia de tarde de algún programa de variedades cuando se producía algún atentado perpetrado por los blancos.

Como si el mundo no se hubiese roto, como si nada de lo ocurrido hubiese tenido lugar jamás.



Me puse la chaqueta más gruesa que encontré en el armario y me colgué la bolsa de viaje a la espalda, dirigiéndome a la salida sin demora. Ni siquiera me di la vuelta en cuanto abandoné el piso. No pensaba volver: aquel no era mi hogar. Yo no era humano, ni lo sería jamás. Tanto daba el microchip que llebaba dentro de mi cabeza y que anulaba mi sentido telépata, tanto daba que ya no pudiera escuchar los pensamientos de los demás. Y tanto daba lo mucho que yo pudiera esforzarme. Se trataba de algo que llevaba escrito en los genes.

Baje por las escaleras mecánicas, saltando por ellas a toda velocidad. Sabía que mi madre solía usar el ascensor cuando regresaba del colegio con mis hermanos, porque Laila, la más pequeña, se quejaba constantemente cuando tenía que subir a pie. Y, aunque según mis cálculos todavía faltaban algunos minutos para su llegada, no quería sorpresas de última hora.

No me detuve en el hall de la entrada, sino que proseguí con mi descenso hasta llegar al párquing de la segunda planta subterránea, donde mi madre (y también John, su marido) aparcaba su coche. Una vez allí, me acerqué silenciosamente a la plaza que usaba ella y, tras comprobar que todavía seguía vacía, me escondí en el hueco que se dibujaba entre un par de coches, a unos metros de distancia.

Mientras esperaba, me llevé inconscientemente una mano al bolsillo, comprobando que el móvil seguía en su sitio. Y, mientras lo hacía, las vivencias de aquellos últimos meses regresaron a mi mente, con su habitual sabor a desesperanza.