El ruido de un coche me sacó
de mis cavilaciones apenas una hora después de haber entrado en territorio
restringido. Durante un breve instante, debatí conmigo mismo la conveniencia de
esconderme o de continuar a la vista, para hacerme encontradizo.
Me decanté por la segunda
opción.
Cuando el coche se acercó
(era un cuatro por cuatro de color oscuro), girando en una curva allá donde
terminaba el trecho hasta el que alcanzaba la vista, me puse en medio de la
carretera y empecé a hacer señas.
Sorprendentemente, mi
presencia no pareció coger desprevenidos a los ocupantes. El coche no hizo
ninguna trazada extraña y condujo con seguridad hasta donde yo me encontraba.
Se detuvo, sin apagar el motor, y un par de hombres descendieron a través de
las puertas delanteras, acercándose hacia mí.
Sólo cuando se hubieron
acercado lo suficiente y la luz de los faros del coche le iluminó, pude
comprobar que me estaban apuntando con lo que parecían ser un par de escopetas.
-¡Al suelo! –gritó entonces
uno de ellos.
El recibimiento, que no era
para nada el que había previsto, me cogió tan de sorpresa que en un primer
momento no supo cómo reaccionar. Levanté ligeramente las manos y abrí la boca,
sin saber muy bien qué decir. Los faros de vehículo me cegaban y apenas podía
distinguir las facciones de las dos personas que se hallaban ante mí y que
ahora eran sólo dos formas oscuras recortadas por la luz.
Ni siquiera sabía si eran
telépatas o humanos.
Y, en apenas un instante, me
encontré tendido bocabajo en el suelo, con las manos inmobilizadas a la espalda
y con un cañón de escopeta apuntándome directamente a la nuca.
-Ni una tontería, ¿has
entendido? -me susurró una voz al oído, antes de una capucha me cubriera la
cabeza y me cegara por completo.
Durante el tiempo que duró
el viaje, sentado en la parte trasera del cuatro por cuatro, me dediqué a
trazar mentalmente varios discursos alternativos para excusar aquella
intrusión. No tenía ni idea de si mis captores eran telépatas o humanos, así
que busqué excusas tanto para el Gobierno Mundial, como para los habitantes de
Dalton. Aunque, si se trataba de los segundos, no haría falta excusa alguna:
con reconocer los verdaderos motivos que me habían llevado a abandonar mi hogar
y a iniciar aquel viaje debería haber suficiente.
El coche se detuvo en un
lugar indeterminado. Como pude percibir a través de la ropa que me cubría la
cabeza, la luz había empezado a rodearnos desde bastante antes, aunque se
volvió más intensa cuando me sacaron del coche y me hicieron caminar por lo que
supuse la calle y, después, un edificio. Podía escuchar voces a mí alrededor,
también cuchicheos y ruidos varios. Pero no tenía ni idea de dónde podía estar.
Cuando el ajetreo terminó y
alguien me quitó la capucha al fin, me encontré en una sala pequeña, de paredes
plastificadas, de color grisáceo y sin ninguna decoración visible en ellas.
Estaba sentado en una silla de plástico y ante mí se hallaba una mesa del mismo
material. La luz que iluminaba el lugar era tenue y parpadeaba con una
intensidad que me resultaba desconocida; no se trataba de la cálida luz que
emitían las bombillas LED que actualmente se encontraban por todas partes, era
mucho más fría y artificial. No había ninguna ventana al exterior.
Un hombre joven pasó por mi
lado y se perdió por la única puerta que tenía la sala, cerrándola tras de sí.
Intenté detenerle con una pregunta, pero no me oyó. O no quiso hacerlo.
De ese modo, me quedé solo
con mis pensamientos en aquella sala.
Todavía tenía las manos
atadas a la espalda y la cabeza me martilleaba de dolor. Me eché hacia delante
y apoyé la frente sobre el plástico de la mesa esperando que su frialdad me
calmara.
El cansancio había empezar a
hacer mella en mí; el cansancio producido por la tensión, por los días de
viaje, por la carrera nocturna, por el encontronazo con aquellos enemigos que
ni siquiera sabía a qué bando pertenecían. Y ese mismo cansancio fue el que me
hizo empezar a sentir miedo. Un miedo irracional que brotaba de lo más hondo de
mi ser y que, de no ser porque en ese momento la puerta se abrió y alguien
entró en la sala, me hubiese hecho gritar de miedo pidiendo, por favor, que
alguien me sacara de aquel lugar.
Cuando levanté la mirada, me
encontré ante mí a un hombre de mediana edad y pelo blanco. Tenía la piel, de
un aspecto tan fino que parecía una fina lámina, surcada de pequeñas manchas
rojizas. Iba uniformado con un traje del mismo gris que el de las paredes y en
su solapa pendía un logo que no supe
reconocer.
-Oiga -empecé a decir, al
verle, revolviendo mis manos a la espalda, como si intentara librarme de
aquello que las mantenía atadas-, ha habido un error, yo no...
-Cállate.
La voz de aquel hombre
apenas sonó como un susurro, pero su contundencia me hizo guardar silencio al
acto. Tragué saliva.
La puerta se cerró tras él y
el hombre tomó asiento en la silla libre que había delante de mí, al otro lado
de la mesa. Traía un Terminal portátil que desplegó y dejó sobre la superficie
de plástico, antes de dirigirme una mirada severa que me traspasó el alma.
-Ziven Eyre. Dieciocho años.
Residente en Leduc, Alberta, Canadá. Portador del chip regulador de ondas. Y,
aunque no es oficial, pero es conocido por todos, el chico que burló el
sistema.
>>Ziven, ¿qué haces en
Dalton?
A pesar de todo, no dudé ni
un segundo al responder:
-Busco a mi hermana.
-A tu hermana -repitió el
hombre, escéptico, sin apartar aquella mirada inquisitiva de mí.
-Sí -asentí-. Se llama...
bueno, se hace llamar Voice, creo. Su nombre de verdad es Azura Daniken. Tengo
que darle un mensaje.
-¿Azura Daniken? -El
escepticismo derivó en sorpresa para terminar convirtiéndose en incredulidad-.
¿Me tomas el pelo?
-N... no, señor. ¿Por qué?
¿La conoce?
-Claro que la conozco. Es la
hija de Corban Daniken. Pero, si Azura fuese tu hermana, él sería tu padre. Y
que todo el mundo sepa, Corban no tenía más hijos que ella.
-¡Pero es que él no conocía
mi existencia! -me apresuré a cortarle, embriagado por una mezcla de miedo por
mi falta de credibilidad y de alegría por el hecho de que aquel hombre
conociese a Azura; puede que al final hubiese tenido suerte al elegir Dalton
como mi destino-. Bueno, ni siquiera sé si la conocía o no. Mi padre... bueno,
Corban... abandonó a mi madre al poco de quedarse embarazada de mí y se llevó a
Azura.
-Ya. Y de repente te ha entrado
el espíritu fraternal y has decidido cruzar medio continente para venir a
verla.
-No… no es eso. Es que nos
conocimos el año pasado, gracias al profesor Stern, Edwin Stern. Él supo que
éramos hermanos y nos puso en contacto. Si conoce a Corban, seguro que le
conoce a él también. ¡Llámele! ¡Le podrá confirmar que no miento! ¡Estaba de
profesor en la misma escuela en la que estudié, en Norkfolk!
-Me temo que eso no va a ser
posible -me interrumpió de nuevo el hombre-. Edwin no se encuentra en la
ciudad. Ni Azura tampoco.
-¿Qué? Pero... ¿no está
aquí? ¡No puede ser! ¡Tengo que encontrarla! ¡Hay algo que debo contarle!
¡Tienen que ponerse en contacto con ellos!
-Para el carro, muchacho –el
hombre volvió a usar el mismo tono que antes, ese que te hacía quedarte
paralizado de miedo-. Para empezar, no tengo manera de confirmar tu coartada.
Podrías ser un espía del Gobierno Mundial que se ha inventado toda esta patraña
para adentrarse en nuestra base. Pero, pasando por alto ese detalle, está el
hecho de que ahora mismo no nos es posible ponernos en contacto con ninguno de
los dos. Por no hablar de que no se puede salir de Dalton.
Le miré frunciendo el ceño.
-Cómo que no se puede
salir... Pero la verja...
-Sí, la verja está llena de
agujeros. ¿Y qué? ¿De verdad creías que nadie se había dado cuenta de tu
incursión? Esa maldita verja de la que hablas está llena de sensores y cámaras.
La Infrared iba llena de datos sobre tu entrada. Al Gobierno no le importa que
la gente la cruce en sentido de entrada; es más, les interesa. Cuantos más
telépatas estén metidos en este lugar, mayor será el número que tendrá
controlado. Pero prueba a cruzarla en el sentido opuesto.
-No puede ser... -susurré,
conmocionado.
Quise añadir algo más, como
por ejemplo que qué iba a hacer a partir de entonces si no podía salir de
Dalton. Pero mis palabras murieron en mis labios, antes de ser pronunciadas
siquiera.
Un escalofrío me recorrió la
espina dorsal y sentí miedo. Un miedo irracional, básico, enfermizo, que me hizo
boquear en busca de un oxígeno que parecía rehuir mis pulmones.
-Me temo que sí puede ser.